12.6.07

Discriminación positiva

Thomas Sowell es un prestigioso economista norteamericano graduado en Harvard, Columbia y Chicago, que fue alumno, entre otros, de Milton Friedman. En sus muchos ensayos critica las políticas de representación paritaria y discriminación positiva. Las primeras, fundamentalmente, porque niega la "normalidad" de este tipo de representación; las segundas argumentando que se está comprobando que no cumplen con las expectativas con las que se diseñaron.

El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero ha encabezado una batería de inciativas legislativas que han ido en contra del principio fundamental de igualdad frente a la ley recogido en nuestra Constitución. En unos casos se ha aplicado la injusta discriminación positiva, que en tanto es positiva para una parte, es necesariamente negativa para otra; en otros, el concepto de igualdad del ejecutivo no ha sido el legal, el que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos, sino el matemático que establece la equivalencia de dos cantidades o expresiones.

Dice Sowell que para muchas personas es un dogma de fe que todos somos iguales (no en derechos, sino de la misma calidad, sin diferencias) y que por lo tanto, si no hubiera discriminación, nuestros resultados serían los mismos. Es decir, habría el mismo número de mujeres que de hombres en los altos cargos, el mismo número de negros en las universidades que en la población del país, etc.

En demasiadas ocasiones nos dejamos llevar por los dogmas sociales de lo políticamente correcto que hacen impensable (y socialmente reprobable) plantear algún argumento que no encaje a la perfección en la religión de lo aceptado. Resulta llamativo cómo en este mundo laicista, relativista y cientifista, pueden imponerse este tipo de verdades absolutas sin más pruebas que el extraordinario esfuerzo de diversos grupos de personas que desean, efectivamente, que sea así.

Las políticas de cuotas discriminan por razón del concepto por el que se establece la cuota. Esto es, si se fija una cuota de mujeres en una lista electoral, se discrimina a las mujeres que por mérito y capacidad deberían pertenecer a esa lista pero no pueden acceder por estar completo el cupo femenino. Es humillante y degradante para el ser humano.

El último caso de la injusticia de las cuotas, y de lo contraproducente que puede ser en ocasiones, lo encontramos en el tinerfeño pueblo de Garachico, donde la candidatura del Partido Popular, formada íntegramente por mujeres, no pudo presentarse a las últimas elecciones municipales por tener un exceso de mujeres e incumplir la ley de igualdad efectiva entre hombres y mujeres.

En esta ley se procura que la mujer se incorpore a todos los ámbitos de la vida ciudadana a veces de forma acertada, a veces de forma innecesaria, a veces de forma forzada, muchas veces de forma injusta, y en ocasiones también con memeces como la siguiente:

Artículo 31.3. Ley de igualdad efectiva entre hombres y mujeres.
Las Administraciones públicas tendrán en cuenta
en el diseño de la ciudad, en las políticas urbanas, en la definición y ejecución del planeamiento urbanístico, la perspectiva de género, utilizando para ello, especialmente, mecanismos e instrumentos que fomenten y favorezcan la participación ciudadana y la transparencia.

En otros casos la discriminación positiva no establece cuotas, pero marca diferencias entre ciudadanos. La ley Integral de violencia de género es un ejemplo de este tipo de leyes. El texto establece que el objeto de la ley es actuar contra la violencia entre los cónyuges cuando es el hombre quien agrede a la mujer y únicamente para ella establace derechos económicos, laborales y funcionariales, entre otros.

Una ley integral que no especificase el sexo del agresor sería realmente igualitaria, porque contemplaría los casos en que es la mujer la que agrede al hombre, tanto física como psicológicamente. Esta inclusión del hombre como víctima no restaría un ápice de eficacia en la defensa de las mujeres maltratadas y eliminaría la indefensión en la que se encuentran las víctimas masculinas de la violencia doméstica.

Las experiencias analizadas en los Estados Unidos (creadores del concepto de la discriminación positiva) demuestran que los beneficios de este tipo de políticas son menores para los colectivos que se pretende favorecer, y por el contrario generan graves problemas para el conjunto de la sociedad. Además del fracaso de un número significativo de los promocionados por cuota, existen más problemas añadidos: en ocasiones las políticas desarrolladas para promocionar a un grupo frente a otro no pueden balancear la ganancia, de tal manera que solo perdiendo mucho los perjudicados pueden conseguir algo de beneficio los promocionados.

Otro inconveniente importante es social y muy grave: con estas políticas aparece la conciencia social de que las personas pertenecientes a colectivos que se han beneficiado de programas de discriminación positiva han alcanzado sus metas por estas iniciativas gubernamentales y no por mérito propio, con lo que los logros conseguidos pueden ser ignorados o despreciados.

El intento de garantizar la igualdad ante la ley deriva con estas iniciativas en injustas obligaciones de acceso o promoción para instituciones públicas y privadas, despreciando el mérito y la capacidad de las personas para ligarlas únicamente a su sexo. La vigilancia y la intransigencia con cualquier tipo de discriminación por razón de sexo debe ser preventiva y no correctiva. Evitando que suceda la discriminación, se garantiza la igualdad de oportunidades efectiva y se permite la formación de listas electorales o consejos de administración únicamente integrados por hombres o por mujeres, si esos hombres o mujeres han demostrado ser los mejores para los puestos que ocuparán.

Sin embargo, la corrección tosca y artificial de las consecuencias del problema, además de no atajarlo de raíz puede empeorar su resultado, añadiendo a la discriminación de un colectivo, la discriminación de otro o la infravaloración del mérito.

Hoy el gobierno socialista busca la paridad también en las caras de las monedas.

3 comentarios:

Á. Matía dijo...

Lo de las caras en las monedas sí que me parece bastante ridículo...
Oye, no tienes pelos en la lengua, ¿verdad? Me gusta

Pache dijo...

Quedarse callado por la imposición social de una serie de verdades absolutas sólo contribuye a perpetuarlas. Pero no serán más verdaderas por ello y si en realidad son falsas, un debate libre las desenmascarará. Pero siempre hay que permitir ese debate. La libertad intelectual es un bien demasiado preciado como para no hacerlo.

Butzer dijo...

La ley de paridad en las listas electorales no soluciona nada. Para evitar la desigualdad hay que educar y no someter y obligar.