11.6.07

Zapatero, el jugador

Dostoyevski escribió en 1866 "El jugador", una novela basada en su pasión por la ruleta que dictó a una joven secretaria en tan solo 26 intensos días. En ella se presenta a la esposa de un general y pudiente aristócrata ruso como una anciana con mucha influencia en la familia que acude al casino profundamente escéptica con el juego pero acaba atrapada en la espiral del azar y la codicia por culpa de la cegadora fortuna inicial.

La abuela consigue ganar doce mil florines en unos pocos giros de la ruleta combinando su osada ingenuidad, su orgullosa certeza de la facilidad de ganar, su desmedido afán de conseguir más dinero y una combinación de resultados tan improbable como beneficiosa.

A pesar de los consejos de familiares y amigos, mejores conocedores del juego, la mujer termina desperdiciando ese rédito inicial, perdiendo también el resto de su dinero y empeñando algunas propiedades para finalmente volver sin nada. Incapaz de reconocer su error, se enfrenta a quien le acompañó en su aventura ruletística y a quien le daba consejos que ella despreciaba. Finalmente hace responsables de la pérdida a todos los que encuentra a su alrededor.

Como la abuela, José Luís Rodríguez Zapatero desperdició el rédito inicial que le conferían tanto su posición como Presidente inesperado del Gobierno de España como el éxito del anterior ejecutivo en materia antiterrorista, para aventurarse en el juego de la negociación. Un juego que no conocía y del que no aceptó consejos a pesar de reconocer la autoridad en la materia de quien le sugería modos, maneras y límites.

Una vez en la espiral se vio perdido, sin los pies en el suelo y entregado excesivamente en postas cada vez más elevadas que comprometían su posición. Consejeros propios y ajenos le exhortaban a que dejase la mesa de juego de la que ya nada bueno iba a sacar, pero Zapatero, en el orgullo de quien sabe perdido lo que ha asegurado que ganará, en la cerril contumacia de quien no quiere dar el brazo a torcer aunque es consciente de su error, siguió apostando y perdiendo. Lo suyo y lo ajeno. Lo que apostaba y lo que no. Perdió credibilidad, apoyo y dignidad.

Cuando al fin, derrotado, sin jugador con quien compartir apuesta, sus propios consejeros le observan sin decir palabra mientras arrastra los pies fuera de la mesa de la ruleta, se siente enfadado, decepcionado. Pero no por haberse equivocado. No por haber apostado mal. No por haber hecho oídos sordos de los sabios consejos. No está enfadado consigo mismo. No considera la posibilidad de haber cometido un error aunque es consciente de ello. Está enfadado con todos los que están a su alrededor: con la oposición que no quiso acompañarle en la orgía de una negociación en la que no creía, con algunos de sus propios compañeros de partido que desde el principio consideraron el proceso un suicidio del Estado. Con sus más íntimos colaboradores, su guardia pretoriana, que no han sido capaces de hacerle ganar y a los que cada vez les resulta más difícil tragarse las críticas, con los subordinados que le consideran un superior indigno para el cargo que ocupa, sin capacidad, sin ideas y sin autoridad moral para representar al Gobierno de España.

Han pasado los años de la fortuna de Zapatero, del talante y el diálogo, de la palabra y la sonrisa fácil sin contenido. La hora de las promesas a todos, del sí a esto y a lo contrario se diluyó una madrugada en que los etarras decidieron hacer oficial lo que ya había sucedido meses antes. Llegó la hora de la verdad, de la acción, y Zapatero se obcecó en un proceso condenado desde su traidora concepción, a espaldas del Gobierno en los años en los que parecía cercano el fin de ETA por el gran consenso antiterrorista.

El cónsul Escipión sentenció que Roma no paga a traidores. En el caso socialista, el traidor, además, es orgulloso y contumaz. Persiste en el error por la imposibilidad de reconocerlo y enderezar el rumbo de una nave que desde el inicio recibe avisos de que va directa hacia una zona rocosa donde sólo le espera el encalle.

Zapatero, como la abuela descrita por Dostoyevski, no reconocerá el error, y España, como la Roma de Marco Pompilio y Escipión no pagará a quien ha traicionado los valores que juró defender.

2 comentarios:

Á. Matía dijo...

Yo confío en que las cosas empiecen a ir por buen camino

Pache dijo...

Irán en el buen o el mal camino dependiendo de lo que convenga a los intereses electorales del PSOE, lo cual no es buena noticia.