2.7.07

Diez años de Ortega Lara y Miguel Ángel Blanco

Ayer se cumplieron diez años de la liberación de José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones secuestrado por ETA que pasó 532 días de su vida en un zulo de 3,5 metros cuadrados porque la banda terrorista trataba de chantajear al gobierno de España para que el Estado modificase su política penitenciaria. La firmeza del gobierno prolongó este secuestro, y la actuación de las fuerzas de seguridad le puso fin. Los terroristas vascos reaccionaron secuestrando a Miguel Ángel Blanco sólo una semana después, planteando un nuevo chantaje con 48 horas de plazo. Tampoco en esta ocasión el gobierno rindió al Estado y Miguel Ángel Blanco, el concejal de Ermua, fue asesinado por el sanguinario Francisco Javier García Gaztelu, Txapote.

En el año en el que ETA asesinaba a 12 personas, los ciudadanos se unieron en torno a Ermua para exigir a ETA su inmediata disolución y al gobierno mano dura con quien no permite la discrepancia so pena de ser secuestrado, asesinado o ambos. En esos momentos aciagos nadie levantó la voz para proponer que se cediera, que se acercasen los presos al País Vasco, que se hiciese lo que pedían los asesinos para evitar que Miguel Ángel muriese. Nadie dijo que lo más importante era evitar una muerte, a pesar de la sangría que provocaban los radicales e inhumanos. Nadie lo hizo porque toda España tuvo claro que con terroristas no se puede negociar, porque la exigencia de un día se multiplica al día siguiente si se ha conseguido la anterior. La ambición de los terroristas no tiene fin.

Por eso a quienes se dirigían las exigencias de los ciudadanos en los meses de cautiverio de Ortega Lara y en las horas de respiración contenida por Miguel Ángel Blanco, era a sus secuestradores, a quienes vulneraban los derechos de dos personas y a quienes amenazaban su vida para chantajear al conjunto de los españoles. A ellos, a los únicos responsables de la situación, se dirigían todas las miradas y todas las voces para reclamar justicia y libertad.

De la condena de ETA, del desprecio y de la rabia por la impotencia ante el comportamiento abyecto de los terroristas, nació ese espíritu que se llamó de Ermua y que pretendía, desde la calle, iluminar el camino que las Administraciones del Estado debían seguir. Legislar contra los terroristas, dirigir la lucha contra ellos, investigar, juzgar y condenar efectivamente. Ahogarlos económicamente y perseguirlos en todos los frentes. La repulsa social ya era un hecho, y suponía un paso decisivo.

Los españoles estuvieron unidos cuando vieron a Ortega Lara desorientado, con barba y una delgadez extrema fruto de la tortura a la que fue sometido, y explotaron esa unión en la calle. Una unión contra ETA, para su derrota inmediata, con todas las armas del Estado de Derecho.

Sólo hace diez años. No podemos cambiar Ermua por Anoeta. Sería un imperdonable error.