28.8.09

No acatar la sentecia del TC sobre el Estatut

Hace tiempo cité a Alexander Hamilton, constitucionalista de Estados Unidos, y uno de los redactores de su vigente Carta Magna para explicar por qué el Estatuto de Cataluña debía ajustarse escrupulosamente a la Constitución Española. Hoy, leyendo las declaraciones de la portavoz adjunta del PSC, Carme Figueras, tengo que volver a referirme a él, todavía asombrado de la absoluta ignorancia o peor, de la más grave falta de escrúpulos de quien ha sugerido que el Tribunal Constitucional no pueda dejar sin efecto una ley inconstitucional en el caso de que haya sido aprobada en referendum.

Ningún acto legislativo contrario a la Constitución puede ser válido. Negar esto equivaldría a afirmar que el mandatario es superior al mandante, que el servidor es más que su amo, que los representantes de los pueblo son superiores al pueblo mismo y que los hombres que obran en virtud de determinados poderes pueden hacer no sólo lo que éstos no permiten, sino incluso lo que prohíben." Alexander Hamilton.

Parece mentira que una persona con responsabilidades en una administración del estado pueda sugerir que se incumpla la norma sobre la que se apoya todo nuestro sistema legislativo de una manera tan displicente sin que se monte al menos un importante revuelo a su alrededor.

Una anulación del artículo sobre la obligatoriedad de conocer el catalán para los residentes en Cataluña sería, para Figueras, "inaceptable e ilegítimo"

La referencia a la soberanía popular (vía referendum) para aludir a la legitimidad de una norma frente a la Consitutción es torticera y falaz. En primer lugar porque la participación en el referedum del estatut no llegó a la mitad de los electores. Y en segundo lugar porque se intenta contradecir una norma aprobada por todos los españoles con una norma aprobada únicamente en una comunidad autónoma.

El procedimiento es muy sencillo. Los Estatutos de Autonomía deben ajustarse a la Carta Magna. El artículo 153.a de la CE establece que el Tribunal Constitucional es el encargado de llevar el control "relativo a la constitucionalidad de sus disposiciones normativas con fuerza de Ley". Luego, si una parte del Estatut es inconstitucional, hay que corregirlo. Pero si se quiere llevar a cabo de todas maneras, puede modificarse la Constitución para que el texto original encaje correctamente. Lo que sucede es que la reforma constitucional debe aprobarse en las Cortes como tal y en un referendum nacional si así lo solicitasen una décima parte de los miembros del congreso o el senado (Título X) , cosa que los nacionalistas catalanes (incluídos el PSC) quieren evitar a toda costa.

Finalmente, y respecto a la obligatoriedad de conocer el catalán para vivir en Cataluña, no haré más valoraciones que la pulcra comparación de normas legales:

El catalán es la lengua oficial de Cataluña. También lo es el castellano, que es la lengua oficial del Estado español. Todas las personas tienen derecho a utilizar las dos lenguas oficiales y los ciudadanos de Cataluña el derecho y el deber de conocerlas. Los poderes públicos de Cataluña deben establecer las medidas necesarias para facilitar el ejercicio de estos derechos y el cumplimiento de este deber. De acuerdo con lo dispuesto en el artículo 32, no puede haber discriminación por el uso de una u otra lengua." Estatuto de Cataluña. Artículo 6.2.
Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado. Constitución Española. Artículo 139.1

No me puedo resistir a hacer una conclusión lógica: Si todos los españoles tenemos las mismas obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado y los ciudadanos de Cataluña tienen la obligación de conocer el catalán, la única conclusión es que todos los ciudadanos españoles tenemos la obligación de conocer el catalán.

No sé para que doy ideas.

26.8.09

Modernización en la industria musical

Hace unos meses, leía una interesante entrada en un blog que hacía una comparación muy interesante entre la industria musical y la industria del hielo.

Mi padre me cuenta que, cuando él era chico, la heladera de la casa era a hielo. Esencialmente, era un armario recubierto de aislamiento térmico, en el que guardaban los alimentos. Producir hielo era una actividad industrial, que sólo se podía encarar utilizando equipos pesados, fuera del poder adquisitivo de los particulares. Así, todos los días venía un señor con una barra de hielo al hombro que se metía en la heladera, en una escena que se repetía en miles de hogares.

Todo el mundo compraba hielo, todos los días. Pero en realidad, no era hielo lo que necesitaban, sino frío. El hielo era sólo un vehículo para entregar frío a los clientes que lo necesitaban. Cuando aparecieron en el mercado primero las heladeras a kerosén, y luego las eléctricas, las familias se encontraron con que podían adquirir una máquina que les proveía del frío que necesitaban de forma confiable, cómoda y barata. Estos aparatos no sólo no necesitaban hielo para funcionar, sino que incluso estaban en condiciones de producir su propio hielo.

A nadie sorprendió que las ventas de hielo, antes un producto de primera necesidad, cayeran estrepitosamente. La industria del hielo colapsó, y sólo sobrevivieron unas pocas productoras que se dedicaron a satisfacer necesidades especiales, en particular provisión de hielo en cantidad o calidad distinta de la que puede producir una heladera doméstica.

Sin embargo, aún en medio del colapso, a nadie se le ocurrió la absurda idea de imponer un gravamen a las heladeras domésticas para compensar a la industria del hielo por las ventas perdidas. La industria del hielo había cumplido su ciclo, su mercado había desaparecido. Había provisto un servicio útil a la sociedad, y en ese proceso había servido como fuente de sustento a muchas personas. Pero el servicio ya no agregaba suficiente valor en el nuevo contexto tecnológico, y los proveedores de hielo reconvirtieron su negocio, o se dedicaron a otra cosa.

El problema de la industria discográfica es que no ha sabido encontrar el nuevo modelo de negocio, así que se han enrocado en su manera de hacer las cosas y han intentado poner trabas a la aparición de nuevos sistemas para la distribución de música. Porque los consumidores quieren música. No CDs, no casettes, no DVDs, no vinilos. Música.

Pero la industria parece que solo tiene una manera de hacer las cosas: que un artista se asocie con un sello discográfico que le facilite la grabación de un álbum y que la discográfica se encargue de realizar un montón de copias en algún soporte físico, de promocionar a ese artista en radio y televisión, y de realizar la distribución de esos soportes físicos por una red de tiendas donde los consumidores pueden comprarlos. Es decir, que el artista, generador del producto (música), asuma que son necesarios los gastos de producción, grabación, soportes, distribución, etc., para que la industria pueda mantener su modelo.

Artistas de menor renombre empezaron a utilizar otros sistemas: grabar sus propios álbums en algún estudio y distribuirlos gratuitamente a través de las redes P2P (eMule, BitTorrent, etc.). Eso provocó que llegasen a más gente y tuvieron un retorno muy importante porque sus conciertos se llenaron, les pidieron más actuaciones e incluso vendieron más discos físicos en las tiendas.

Otros artistas de más prestigio iniciaron tímidamente un camino similar, pero con más cuidado, ya que estaban vigilados por sus discográficas, que le desaconsejaban una jugada de ese tipo. Incluso importantes artistas actuales como Amy Winehouse o Lilly Allen fueron descubiertas a través de internet.

La aparición de iTunes, un lugar donde poder comprar directamente una canción para poder descargarla y escucharla de forma legal, barata, cómoda y rápidamente supuso otro punto de inflexión importante, como la llegada de Last.fm, una radio gratuíta por internet o Spotify, la aplicación más conocida para escuchar canciones en streaming también de forma legal.

Estos nuevos sistemas a los que la industria ha ido acercándose poco a poco (Spotify tiene acuerdos con Universal Music, Sony BMG, EMI Music y Warner Music, entre otras) dejan en entredicho la estrategia cerril de mantener los modelos de negocio obsoletos por parte de la industria, y la posición vergonzosa de gobierno y sociedades de gestión de promocionar, subvencionar, proteger o apadrinar a esta supuesta industria desvalida, frente a los artistas que quieren que su música llegue más lejos y poder vivir de ella, y los consumidores que están dispustos a escucharla, disfrutarla, valorarla y por supuesto pagarla, pero que no pasan por tener que comprar un soporte viejo e indeseable como el CD a un precio desorbitado para pagar también a los productores, transportistas y demás personal asociado que, en la actualidad, no aportan nada al negocio de la música.

Algunas discofráficas ya han visto que se puede ganar dinero con este nuevo modelo, y se seguirá ganando a medida que se haga más popular. En el primer semestre de este año, las compras de música por descarga a través de internet supusieron ya el 35% de la venta de música en Estados Unidos, y la cifra se incrementa mes a mes. Y eso sin contar las descargas sin pago, que son infinitamente superiores en número y que ayudan a promocionar a los artistas.

Sobre estas descargas "ilegales", y quitando un argumento más a la SGAE y demás gestoras, se ha sabido que quienes más "piratean" música son quienes más música acaban comprando, haciendo buena la teoría de que la promoción y la oferta de música gratuita lleva finalmente a que más gente se anime a comprarla.

Igual que los fabricantes y distribuidores de hielo tuvieron que fabricar y distribuír otros productos para poder subsistir, lo mismo tendrán que hacer lo que se dedicaban a hacerlo con la música, porque no existe mejor transporte que internet, ni mejor medio para tener música rápidamente y a bajo coste.