30.9.10

La izquierda: diseñada para la oposición


La izquierda española ha vivido en la jornada de huelga general un momento de notable desconcierto. Muchos de los llamados "artistas de la ceja" que apoyaron a Zapatero en las elecciones reclamaban la necesidad de la parada y los sindicatos reconocían que la huelga era, literalmente, una "putada". La izquierda no sabía a qué atenerse: hacer huelga contra un gobierno socialista podría dar la impresión de que se reclamaba un cambio en el gobierno y favorecer a la derecha. No hacer huelga también podría significar un triunfo para la derecha, crítica con los sindicatos y su pasividad en un país con un 20% de paro.

El resultado de este desconcierto es conocido: una huelga ridícula, teatral, ínfimamente secundada y con la labor de los sindicatos y sus piquetes en el punto de mira.

Pero, ¿a qué se debe este desconcierto? Las razones son históricas y se basan en que la izquierda se siente siempre oposición.

La izquierda reclama, exige, moviliza, se queja, se manifiesta y se opone. Necesitan un enemigo enfrente: el gobierno, la patronal, los empresarios, Esperanza Aguirre. No importa. Lo importante es reclamar a los demás.

La derecha, en cambio, se siente siempre gobierno, y por eso gobierna, gestiona y organiza. Y en la oposición es ineficaz. No es hábil utilizando la propaganda ni el marketing. No moviliza a sus bases de forma efectiva. No exige al gobierno con un respaldo firme y multitudinario, y cuando sale a la calle lo hace casi avergonzada.

Felipe González llegó al gobierno en unas fechas en las que la democracia española era todavía muy joven. Había mucho por hacer y una conciencia en la clase política de buscar consensos para conseguirlo, intentando extender el exitoso periodo de la transición. Ese gobierno, sin embargo, fue derivando hacia una mala gestión, una inmensa corrupción política y hasta un vergonzoso y chapucero terrorismo de Estado. Aún así, la derecha española no supo capitalizar los errores de la izquierda para obtener el gobierno en 1993, y sólo lo consiguió tres años más tarde, cuando los escándalos eran mayores todavía, y por una ventaja mucho menor de lo que se esperaba.

En ese punto volvió lo que ambos sienten como equilibro natural: el centro-derecha refundado y organizado, gobernaba. Y la izquierda se oponía. El gobierno funcionaba de manera eficaz y la oposición vigilaba atentamente, denunciando todos los fallos. Fueron años de crecimiento, empleo, prosperidad y convergencia europea.

Pero llegó el 11-M y a continuación el 14-M y todo cambió. Zapatero obtuvo una victoria inesperada (continuando con su también inesperada carrera política) y se convirtió en un presidente del Gobierno de España de cartón-piedra, con sonrisa y ceja, pero sin capacidad de gestión. Durante su primera legislatura se embarcó en proyectos que suponían una profunda e innecesaria revisión de la estructura del Estado (estatuto de Cataluña) y una negociación de tú a tú con la banda terrorista ETA, rompiendo el pacto con el PP que él mismo había propuesto. Y antes de que la crisis estallara en toda su crudeza, negándola insistentemente y sumido en una vorágine populista, logró revalidar su resultado electoral en 2008.

Desde entonces no hace más que dar palos de ciego en un sentido y en otro. Dando 400 euros a todos los asalariados y después quitándoselos. Sacando una ley anti-tabaco para volver ahora a modificarla. Gastando miles de millones de euros para fomentar la obra pública y ahora tratando de ahorrar. Anunciando ayudas al sector del automóvil y luego tratando de no pagarlas. Una cosa y la contraria. Siempre. Hasta que Obama y la UE le dicen que la situación es insostenible. Sólo en ese momento empieza a hacer, tarde y contra su voluntad, reformas que la oposición le reclamaba desde hacía años, y la izquierda entonces se queda huérfana.

Inconscientes de que las políticas de Zapatero nos han llevado del 8% de paro a más del 20%, obviando que nuestro diferencial de desempleo con la UE era de 1 punto y ahora es de más de 10, mirando hacia otro lado cuando se aumentan los impuestos de la luz, las gasolinas y el IVA; olvidando las mentiras, los embustes y las ocultaciones que sistemáticamente el presidente ha seguido realizando sobre la protección social mientras congelaba las pensiones y reducía el sueldo a los empleados públicos, muchos votantes de izquierdas han buscado desesperadamente un gobierno al que echarle la culpa.

Zapatero no puede ser. Es de izquierdas. Es de los nuestros. Alguien debe estar haciéndonos este daño. Esperanza Aguirre. Sí, Esperanza Aguirre gobierna Madrid. Ella debe ser la culpable. Bueno, ella y los empresarios. Sí, los empresarios. No importa que el 90% del tejido productivo de España lo representen pequeñas y medianas empresas de trabajadores que abren un pequeño negocio, pagan impuestos y generan puestos de trabajo. Alguien nos está fastidiando. ¡El patrón! ¡A las barricadas! ¡No pasarán! ¡Prohibido prohibir! ¡Tuno bueno, tuno muerto! Todo vale.

Desesperados, no encuentran enemigo, así que se alían con el responsable del desaguisado para fingir una huelga sin saber contra quién y de paso defender, cerriles como nunca, a los sindicatos y sus liberados, anclados como muy pronto a mediados del siglo pasado. Ni palabra de cómo realizar una necesaria reforma laboral, nada sobre el paro, nada sobre la mala gestión. Sólo se habla de Esperanza Aguirre, de la gran labor de los liberados, la gran labor de los piquetes mal llamados informativos y del éxito de la convocatoria cuando todavía no han llegado a su puesto de trabajo ni la mitad de los afortunados que todavía lo conservan.

La derecha, por su parte, se pone de perfil porque tampoco se encuentra cómoda. Hay una huelga pero no es contra ellos. Lo parece a veces, pero en realidad no es contra ellos. ¿Qué hacemos? No lo se. ¡Zapatero dimisión! Los manifestantes no nos apoyan. ¿Y qué quieren? No lo sabemos, pero los que se manifiestan no quieren nada con nosotros. ¿Y con Zapatero? Tampoco lo saben, pero tienen que manifestarse.

El resultado es la representación de un teatrillo que tiene que hacer reflexionar a la derecha para poder liderar una oposición a un gobierno contumaz en el error y sin ideas para continuar, a la izquierda que ve como hasta sus propios compañeros sindicalistas salen a la calle contra ellos aunque les gustaría hacerlo contra otros, y por supuesto a los sindicatos, que no han conseguido el favor del pueblo por sus cambalaches, trapicheos, prebendas, y por no haber sabido modernizar unas organizaciones que nada tienen que ver con los trabajadores del siglo XXI.

Mucho trabajo queda por delante. España necesita otra catarsis y no puede esperar a 2012. Los ciudadanos deben expresarse en las urnas cuanto antes, y quienes aspiren a representarles deben romperse los cuernos para ofrecerles una alternativa seria, creíble, sólida y sostenible para ésta y las siguientes generaciones.

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