30.11.10

¡Es la innovación, estúpido!

Hace tiempo que toda Europa mira hacia España para ver si el país es capaz de sortear los efectos de esta crisis devastadora, o si, por el contrario, las medidas equivocadas, los intentos de maquillar la realidad o la propia inacción, provocan la necesidad de pedir una ayuda internacional que a todas luces será complicado abordar.

Hace tiempo que en España se habla de la burbuja inmobiliaria, de los jóvenes que abandonaron los estudios persiguiendo un trabajo de baja cualificación en la construcción que les reportaba grandes ingresos; de otros jóvenes que no estudian, no trabajan y no buscan trabajo; de una generación formada en la siempre criticada LOGSE y que están sobreprotegidos, desencantados, sin aspiraciones y sin más metas que pasar el rato sumergidos en su micromundo adolescente veinte o treintañero.

Y es cierto que hay burbuja, que hay jóvenes inconscientes y mimados, pero constituyen una parte de una sociedad mucho más compleja, mucho más rica y mucho más ambiciosa.

España cuenta con centros tecnológicos, con empresas punteras en el mundo tanto en el ámbito de las comunicaciones como de la energía, la banca o el sector textil. Es uno de los países que más invierte en iberoamérica, y en países europeos como el Reino Unido. Cuenta con unos servicios públicos envidiables y envidiados, con unas buenas universidades y, por poner un ejemplo, uno de los MBAs más prestigiosos del mundo. Exportamos, mejoramos, nos expandimos. Estudiamos y trabajamos.

Pero tenemos dos problemas:

Por un lado, los poderes públicos (y muchos privados) no apuestan decididamente por la innovación, por el talento, que es el elemento que produce la riqueza en la nueva economía. Ya no es el trabajo en su concepto clásico, ni el capital. Google se creó con talento, no con horas de fábrica ni con dinero. Lo mismo le ocurrió a Microsoft, o a otras grandes multinacionales. En España es muy probable que estas empresas no hubiesen sido factibles por las barreras administrativas que se les pondrían en el camino: burocracia, impuestos, licencias, idiomas...

Por otro lado, la cultura cainita española provoca en demasiadas ocasiones que infravaloremos todo lo que hacemos, y nos creamos todo lo que intentan vendernos desde fuera. En un ejercicio de contra-chovinismo, renegamos de emprendedores, empresarios, líderes y eruditos nacionales, que son básicamente los que pueden y deben sacarnos de este atolladero, para admirar al que más los critica e intenta hacerles de menos, provocando en el exterior una lógica falta de confianza en nuestros productos, servicios y personas.

La confianza, el espíritu crítico y la búsqueda de la excelencia se enseñan desde la más tierna infancia, y a eso hay que regresar: a formar líderes, gente con ideas, con ganas de transformar el mundo que les rodea en alguno de sus ámbitos, con ganas de innovar, de apostar, de arriesgarse por conseguir sus objetivos. Así se genera riqueza. Así se crea empleo.

Solo tenemos una salida: Innovación y confianza. Si no somos capaces de fomentarlas, seremos uno de los países del furgón de cola, de los que necesitan muchas empresas extranjeras en busca de mano de obra barata para ir subsistiendo. Si lo conseguimos, si somos cada vez más, si establecemos buenos planes a medio y largo plazo, podremos ser nosotros los que sigamos abriendo fábricas, centros tecnológicos, tiendas y oficinas en toda España y en el resto del mundo para seguir progresando con quienes lideran el crecimiento económico.

Y hay que hacerlo ya.

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